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lunes, 22 de noviembre de 2010

Resoluciones

Una de las firmes resoluciones que tomé a la tierna edad de doce años fue la de no escribir nunca sobre el amor. En ocasiones varias, al abandonar la infancia, me sentí tentada de romper la singular promesa, pero siempre me resistí a caer en la tentación de aquellos versos de adolescente que, por aquel entonces, pretendían decir lo mismo: Mi vida sin ti no tiene sentido. Un mensaje tremebundo, cuyo significado parecía haberse desgastado por la repetición. Podía sentirlo al ver a niñas de quince años llorando su primer desamor desconsolado en la puerta del colegio, que volvían a llorar de nuevo, a las dos semanas, las mismas lágrimas por un amor distinto y, con tristeza, lo observaba degradado a la vulgaridad de la pasión que encuentra su vía de escape en la decoración incívica de una puerta de lavabo.

No obstante, el principal motivo de mi aversión hacia aquellos versos era la facilidad con la que se pronunciaban. No encontraba explicación alguna a aquella moldeable capacidad de sentir por algunas de mis congéneres que, en efecto, esta vez sí, ya no volverían a equivocarse, no existía lugar para la duda, aquél era el varón que aportaría sentido a su existencia, y pensar de nuevo lo mismo con el siguiente.

Crecí y, de alguna forma, como tantas otras almas, lo viví. Aquella indescriptible explosión de euforia que causa vislumbrar la pieza que falta en la propia vida, y la terrible desazón al perderla. Al observar, resulta fascinante desear escoger sentir el dolor ajeno tan sólo para acompañar a la persona amada y evitarle el suplicio añadido de la soledad.



Y tan triste todos aquellos casos en que la persona querida escoge evitar la compañía. Tan triste cuando un alma no tiene a nadie por quien sacrificar o regalar nada, y entrega a la soledad cuanto podría entregar a otra persona. Decía Vicente Aleixandre, “Amor mío, amor mío. Y la palabra suena en el vacío. Y se está solo”.




domingo, 27 de junio de 2010

Un día perfecto


Cuando se miró en el espejo aquella mañana supo que iba a ser un día perfecto. No porque se viera más guapo después de afeitarse la barba de cinco días, o porque por fin hubiera conseguido dormir la noche entera sin que sus fantasmas lo despertaran sobresaltado. Desconocía el por qué, pero lo intuyó con la seguridad de los leones que están a punto de lanzarse sobre una presa pequeña y cercana, indefensa. Lo sintió con la certeza de quien ha fracasado en la vida pero sabe que su suerte va a cambiar, ya que nunca antes, nunca, se ha sentido tan seguro de sí mismo. Algo así deben de experimentar los triunfadores cuando cada mañana el espejo les devuelve el reflejo de su sonrisa perfecta y su carisma. Qué narices, él se acababa de convertir en uno de ellos.

Sí, de repente, su sonrisa también era perfecta, sus canas, destellos plateados que otorgaban interés a su carácter y, la incipiente alopecia, otro atractivo signo más de su dilatada experiencia en la vida. Sí, él era de aquellos. Uno de esos hombres confiados y seguros de sí mismos que encaran cada entresijo de la vida sabiendo que después serán más fuertes y atractivos, todavía más.

Hacía tres meses que lo habían despedido de su puesto como directivo en un importante banco, después de haber sacrificado los últimos quince años de su vida en trabajar hasta la extenuación e ir ascendiendo peldaño a peldaño mientras por encima pasaban ascensos vertiginosos de individuos poco meritorios. Callaba y seguía trabajando, al fin y al cabo, era lo que mejor sabía hacer. Destacaba por su inteligencia y su esfuerzo y consiguió llegar a la cima. Se compró uno de esos apartamentos en el centro de la ciudad de precios prohibitivos para la mayoría de los mortales, esa gente común y vulgar que se conforma con tener lo suficiente como para llegar a fin de mes y pensar que son felices en su mediocridad. No, él nunca había sido como todos ellos. Siempre se había bastado consigo mismo, con su deseo de éxito insaciable, su dedicación al trabajo casi exclusiva, sus trajes de diseñadores italianos y su Mercedes, el mismo que llevaba ya semanas cubriéndose de polvo y vacío de gasolina. Igual de vacío que parecía serlo todo, desde que, de súbito, el mundo parecía haberlo abandonado como a un perro callejero.

Sin embargo, cuando dos días antes, meditabundo y perdido, se había encontrado con la que fuera el amor platónico de su adolescencia, sintió una ligera reminiscencia de aquella energía vital que parecía haberlo abandonado hace tanto, tanto tiempo. Por un momento, volvió a tener quince años. Aunque la vida lo hubiera hecho invulnerable ya ante una mujer hermosa, se permitió volver a cautivarse por aquella belleza asentada a la que el tiempo tan sólo había hecho ganar en atractivo. La vio a lo lejos, y un amago de timidez olvidada en los primeros años de su juventud y el peso de la desdicha sobre sus espaldas le impidieron aproximarse a aquel ser recuerdo de otros tiempos más aciagos.

Aquella noche, al llegar a su casa, por encima de sus desgracias, no pudo evitar traer a la memoria todo lo que aquella mujer había significado para él, sin ella saberlo. Se sonrió al recordar cómo intentaba calcular el momento exacto en que ella entraría por la puerta del instituto, o iría por uno u otro pasillo, para poder cruzársela, saludarla tímidamente y sentir la felicidad de que, al menos durante un instante, el tiempo que duraba aquel saludo, había conseguido ocupar una parte de su mente. Algo es algo.

Por descontado, era hermosa. Pero ella era mucho más que eso. Era perfecta. Bondadosa, sonriente, dulce, tenía la voz más suave y cálida que hubiera escuchado nunca antes y que nunca llegaría a escuchar sobre la faz de la Tierra. Sí, su voz era como un abrazo. Uno de esos abrazos en los que podría uno refugiarse y vivir allí eternamente. Era perfecta, tan perfecta y tan inaccesible... Lo volvía loco.

Nunca se atrevió a confesarle nada. ¡Le tenía tanto miedo al rechazo! Ambos crecieron, y si bien aprendió a amar con locura a otras mujeres, cuando alguna vez volvió a saber de ella, años después de dejar el instituto, continuó sintiendo aquel aguijón punzante en el corazón que provocan los sueños imposibles.

Por eso, aquella noche, cuando sentía que ya lo había perdido todo en la vida, recordándola todavía como a la mujer perfecta, pensó que tal vez había llegado el momento de intentarlo, ahora que ya no le quedaba nada más por perder. Llamó a varios de sus antiguos amigos de la escuela y del instituto. “¿Cómo te está tratando la vida?”, le preguntaban, “Genial”, respondía él, y durante unas risotadas de conversación intrascendente lograba disimular su fracaso y su frustración. Después de varias llamadas, consiguió saber algo de ella. No, no estaba casada, ni tenía hijos, era abogado y vivía en un apartamento en las afueras.

Así pues, jugueteando durante un tiempo con su número de teléfono en la mano, pensando qué hacer y qué decir, recordar lo que había sido él mismo en algún momento de su vida, consiguió armarse de valor y marcar el número. “Sí, sí, el mismo, ¿me recuerdas?”, “¡Claro, cómo no! ¿Qué es de tu vida?”, “Bueno, soy directivo en un banco, vivo en un apartamento en el centro, y no me va mal, la verdad”, “¡Oh! ¡Cuánto me alegro! Pero... ¡qué sorpresa volver a saber de ti!”, “Sí, lo mismo pensé cuando te vi hace poco por la calle, me pareciste tú y hablando el otro día con un amigo de aquellos tiempos del instituto, bueno, con Carlos, que es amigo tuyo, recordando viejos tiempos, ya sabes, saliste tú en la conversación y me dije que tenía que decirte algo, siempre es agradable volver a saber de la gente”, “Sí, tienes razón... oye, cuando quieras, tomamos algo y nos ponemos al día”, “Sí, por qué no, una cena cuando nos vaya bien...”.

Y hoy era ese día. Lo sabía, sabía que era su gran oportunidad. Por lo que más fuera, tenía que aparentar ser un triunfador, quitarse la carga de las espaldas, lograr un porte de galán y poner en juego esa seducción cercana y distante, en su punto justo, que tan sólo se aprende con el tiempo y la experiencia. Ella era la mujer perfecta, guapa, inteligente y con buen corazón, y tenía que conseguirla. Pero no para una noche. Tenía que conseguirla para siempre.



Ella lleva dos horas delante del espejo. Tiene miedo de esa belleza que se le está marchitando. Ha descubierto una nueva arruga en los límites de su sonrisa y no puede evitar sentir celos por la nueva compañera de trabajo, tan joven y guapa, que atrae todas las miradas. Cada vez son menos los hombres con los que poder jugar a rechazarlos.

Mientras se perfila los ojos verdes por tercera vez con el fin de asegurarse el impacto que siempre han provocado, se siente cansada. Se coloca el colgante, que parece destinado a perderse en la voluptuosidad de su generoso escote y se percata de que ya nada hay de especial en repetir los mismos pasos. Excepto por ese incipiente horror que la perturba a perder por la huella del tiempo lo que hasta ahora había supuesto su aliciente más intenso, nunca pensó que el juego de la seducción pudiera suscitarle hastío. Antes de volver a deslizar el cepillo por su cabello rojizo, liso, suave, interminable, lo somete a un riguroso escrutinio para asegurarse de que aquellas gritonas canas que descubrió han quedado convenientemente ocultas, invisibles, olvidadas y silenciadas.

Parece que fue ayer, dice en voz alta mientras se rocía levemente con su más delicada fragancia, de rosas dulces y suspiros de jazmín. Pero han pasado ya veinte años desde que descubrió el valor de su belleza. Al principio no era más que un juego inocente, aquella tímida indecisión de dos adolescentes nerviosos que no aciertan a saber cuál será el siguiente paso. Ahora, pensó caminando hacia el espejo de cuerpo entero, ya nada quedaba por descubrir. Comprobó, como tantas otras veces, la atractiva sinuosidad de su cuerpo que aquel nuevo vestido verde insinuaba con sutileza y atrevimiento. Sí, estoy cansada de todo esto, se dijo.

Siempre había sido la más hermosa y desde que descubrió que la belleza podía ser un arma, se había aprovechado de su virtud dudosa y regalada cuanto había querido y sin excesivos escrúpulos. Sin embargo, mientras se calzaba las sandalias de tacón, con rabia pensó que, después de tantos años teniendo cuantos hombres había querido y de haber jugado con ellos cuanto había podido, después de todo eso, tan sólo se le estaba quedando la soledad.

Cuando recibió aquella llamada inesperada de un antiguo compañero al que recordaba no mal parecido, con una carrera brillante, adinerado y con un estatus tan alto como el que ella merecía, un rayo de luz se abrió sobre la amargura que hondeaba sobre su vida en los últimos tiempos. Ésta podía ser su oportunidad. Así que allí estaba, engalanándose una vez más y pensando en mostrar sus encantos más dulces, solo que por una vez no era para jugar. Esto podía ser para siempre. Sí, tenía que conseguirlo.

De forma puntual, llamaron a su timbre. Se miró una última vez en el espejo, se echó hacia atrás la melena, se adecuó la postura para marcar el busto, ensayó una cálida sonrisa y, contoneando las caderas sobre sus tacones de aguja, cruzó con decisión el pasillo.

Cuando abrió la puerta, vio ante sí a un hombre de amplia envergadura que en otro tiempo fue atlética, con incipientes signos de desgaste temporal en sus ojos y en sus despobladas sienes y se sorprendió de su porte de galán exitoso y donjuanesco fiel. A los pocos minutos de conversación intrascendente (“¿Qué restaurante prefieres?” “Conozco un sitio por aquí...”), todavía en la puerta, mientras se dejaba embriagar por su voz vibrante de barítono y lo embelesaba a él con su sonrisa cada vez más y más cálida, vislumbró con vertiginosa claridad un hecho irrevocable: iba a unir su vida a la de ese hombre. No lo sintió con aquella curiosa mezcla de alborozo y horror de quien se encuentra, de súbito, ante el más importante punto de inflexión en su vida, sino con la tranquila seguridad de quien ha escuchado la voz de su yo más profundo. No se mostró extrañada ante aquella revelación. Al fin y al cabo, siempre supo que se casaría con un triunfador.








sábado, 27 de marzo de 2010

Los avances de la ciencia: dolor emocional

Recientemente, un colaborador en la sección de Inteligencia Emocional del blog de Eduardo Punset, Josep López, citaba la noticia según la cual un equipo de investigación estadounidense había demostrado la correlación existente entre las áreas del cerebro implicadas en el procesamiento del dolor emocional y las del dolor físico. “Gracias a nuevas tecnologías (…) un equipo de científicos confirma que el sufrimiento emocional puede doler físicamente. La razón se encuentra en la investigación cerebral que han realizado y que revela que la parte del cerebro que procesa el dolor físico también se encarga de procesar el dolor emocional”.

Tras la curiosa noticia, se podría afirmar que gracias a estos estudios disponemos, por fin, de la base científica para poder acudir a urgencias y expresar nuestro sufrimiento emocional, sin temor a sufrir por ello el menoscabo de las miradas despreciativas hacia los dolores menores.

- Doctor, se me ha roto el corazón.
- ¿Se le ha roto el corazón? ¿Y cómo es eso?
- Verá, doctor, antes me lo rompían o era yo mismo quien, harto de sus latidos acompasados y de sus sentimientos apasionados decidía acabar con él y resquebrajarlo en mil añicos. Con el tiempo, parecía recomponerse. Pero esta vez, doctor, esta vez ha sido diferente. Desconozco el cómo, y no comprendo el porqué, ni tan siquiera me he percatado del cuándo, pero se me ha roto. Lo siento ahí, dentro de mí, roto y descompuesto.
- Comprendo- asentirá el médico mientras comienza a anotar en la historia clínica algo parecido a “varón de 38 años que acude a urgencias por el corazón roto”-. Pero, ¿qué siente exactamente? ¿Presenta los mismos síntomas que en las ocasiones anteriores? ¿le duele?
- No, doctor. Esta vez es diferente. No siento dolor, al menos, no aquel dolor punzante que me impedía respirar. Es el dolor que queda cuando te arrancan algo. Es... ¿cómo explicárselo?
- Tranquilo, no hay prisa. Dígame, ¿qué siente?
- El vacío, doctor.
- ¿El vacío? Pero su corazón sigue estando ahí, más o menos roto, pero ocupando el espacio que le corresponde.
- ¿Usted cree? ¿Y si esta vez se han extraviado algunos fragmentos? ¿Y sin son piezas irrecuperables? ¿Y si mi corazón nunca vuelve a ser el que era? Este vacío es inmenso, sé que me falta algo.
- Entiendo.

Entonces, el médico nos inspeccionará, palpará, percutirá y auscultará pacientemente. No encontrará nada fuera de la normalidad, pero el historial de corazón magullado por causas vagas e imprecisas, con sintomatología de dolor y vacío le hará sospechar de alguna patología oculta y tal vez se decida por una analítica, un electrocardiograma, una placa de tórax y, quién sabe, quizás un ecocardiograma.

- Todo se encuentra dentro de la normalidad, regrese dentro de quince días para recoger los resultados de la analítica.
- Pero... ¿cómo va a estar todo normal? ¿y el vacío? ¿no ha notado algo hueco al explorar?
- Su corazón está ahí, no se preocupe – nos dirá con voz tranquilizadora mientras garabatea unos trazos ininteligibles en una receta-. Vaya a la farmacia y compre estos dos medicamentos. El primero es analgésico, para el dolor, tómelo a demanda, el tiempo que necesite, no más de tres comprimidos al día.. Del segundo tome un comprimido por la mañana y otro por la noche, durante diez días. Ayuda a juntar las piezas, a cerrar las heridas y hace crecer los fragmentos que se han perdido. También regenera las partes deterioradas con el tiempo.
- Vaya, y yo que pensaba que era el tiempo el que todo lo curaba.
- Y así es, pero no siempre. Tenga la receta, con un envase tendrá más que suficiente.
- ¿Es efectivo, doctor?
- El éxito en la curación está descrito en un 95% de los casos.
- ¿Y si yo formo parte del 5% restante?
- Vuelva, le daré más.

Y saldremos de allí con la cabeza un poco más alta que cuando entramos, gracias a la renovada esperanza. En tan sólo diez días se habrá llenado de nuevo ese vacío, en tan sólo diez días, con un comprimido por la mañana y otro por la noche, volveremos a ser los de antes. Sanos e imperfectos, pero con un corazón regenerado.

Se debería estudiar el efecto placebo en el dolor emocional.



“A veces pienso que el cerebro tiene envidia del corazón. Y lo maltrata y lo ridiculiza y le niega lo que anhela y lo trata como si fuera un pie o el hígado. Y en ese enfrentamiento, en esa batalla, siempre pierde el dueño de ambos”. David Trueba.


sábado, 6 de marzo de 2010

Sobre el abandono


No podemos obligar a nadie a permanecer a nuestro lado cuando desea alejarse de nosotros, por muy oculto y extraño que nos resulte el motivo. Aunque nos desespere la incomprensión y nos angustie el distanciamiento silencioso de quien aportó a la propia existencia un sentido último y superior al que ya tenía y se marche llevándose más de lo que entregó.

Y de qué sirve entonces, ante la inutilidad de todos los esfuerzos por impedir lo que tan sólo conseguiremos demorar en el tiempo, rogar no caer en el olvido cuando lo cierto es que se alejan para eliminar hasta el último resquicio de nuestro ser en su memoria. Quizás por nosotros, quizás por ellos mismos. Al fin y al cabo, así como los demás son el espejo en que nos reflejamos, también cada uno de nosotros es el reflejo de alguien. De sus más fabulosos aspectos y de sus mejores cualidades, de sus defectos banales y de sus grandes miserias.

Es fácil mirarse en un espejo que devuelve la bondad del propio ser, pero más sencillo aún huir cuando ante uno mismo se desnuda el alma y quedan expuestos los miedos y conflictos más inconfesables. ¿Qué hacer llegado ese momento? ¿Desaparecer como alma que lleva el diablo en busca de otro espejo que nos desconozca y tan sólo nos muestre lo hermoso que hay en nosotros, en un infructuoso intento de creérnoslo y olvidar de nuevo todo lo que somos?

Parece la opción sencilla. La que hemos escogido y visto escoger ante nuestros esfuerzos inútiles en demasiadas ocasiones. Pero se nos olvida el propio daño inflingido que produce el abandono de alguien a quien alguna vez quisimos y que sin lugar a dudas, si a pesar de conocer los detalles horripilantes que nos constituyen, los miedos que nos inducen a alejarnos de su lado y los conflictos irresueltos que nos acompañarán allá donde vayamos, se desespera en silencio por su incapacidad para mantenernos a su lado, no cabe duda de que nos quiere.

Abandonar no sólo hiere al que es abandonado, ya que todo acto de alejamiento, de desprendimiento, de olvido de aquello que alguna vez nos importó e incluso nos enseñó dónde se encontraba nuestro corazón, nos daña de forma silenciosa e irreparable. El desgarro existe aunque pretendamos negarlo.

Ojalá fuera sencillo pronunciar un “no te alejes de mi lado”. Ojalá lo fuera más aún ser escuchado y escuchar, responder y por encima de todo, quedarse.

Volveré a repetirlo: existiría menos dolor en el mundo si fuera más sencillo decir “no te vayas, quédate conmigo” y si por encima del ruido de los temores y las indecisiones, de los propios horrores y fantasmas, del miedo al sufrimiento y a la incertidumbre, fueras capaz de escuchar esa voz que también es la tuya y quedarte.