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domingo, 27 de junio de 2010

Un día perfecto


Cuando se miró en el espejo aquella mañana supo que iba a ser un día perfecto. No porque se viera más guapo después de afeitarse la barba de cinco días, o porque por fin hubiera conseguido dormir la noche entera sin que sus fantasmas lo despertaran sobresaltado. Desconocía el por qué, pero lo intuyó con la seguridad de los leones que están a punto de lanzarse sobre una presa pequeña y cercana, indefensa. Lo sintió con la certeza de quien ha fracasado en la vida pero sabe que su suerte va a cambiar, ya que nunca antes, nunca, se ha sentido tan seguro de sí mismo. Algo así deben de experimentar los triunfadores cuando cada mañana el espejo les devuelve el reflejo de su sonrisa perfecta y su carisma. Qué narices, él se acababa de convertir en uno de ellos.

Sí, de repente, su sonrisa también era perfecta, sus canas, destellos plateados que otorgaban interés a su carácter y, la incipiente alopecia, otro atractivo signo más de su dilatada experiencia en la vida. Sí, él era de aquellos. Uno de esos hombres confiados y seguros de sí mismos que encaran cada entresijo de la vida sabiendo que después serán más fuertes y atractivos, todavía más.

Hacía tres meses que lo habían despedido de su puesto como directivo en un importante banco, después de haber sacrificado los últimos quince años de su vida en trabajar hasta la extenuación e ir ascendiendo peldaño a peldaño mientras por encima pasaban ascensos vertiginosos de individuos poco meritorios. Callaba y seguía trabajando, al fin y al cabo, era lo que mejor sabía hacer. Destacaba por su inteligencia y su esfuerzo y consiguió llegar a la cima. Se compró uno de esos apartamentos en el centro de la ciudad de precios prohibitivos para la mayoría de los mortales, esa gente común y vulgar que se conforma con tener lo suficiente como para llegar a fin de mes y pensar que son felices en su mediocridad. No, él nunca había sido como todos ellos. Siempre se había bastado consigo mismo, con su deseo de éxito insaciable, su dedicación al trabajo casi exclusiva, sus trajes de diseñadores italianos y su Mercedes, el mismo que llevaba ya semanas cubriéndose de polvo y vacío de gasolina. Igual de vacío que parecía serlo todo, desde que, de súbito, el mundo parecía haberlo abandonado como a un perro callejero.

Sin embargo, cuando dos días antes, meditabundo y perdido, se había encontrado con la que fuera el amor platónico de su adolescencia, sintió una ligera reminiscencia de aquella energía vital que parecía haberlo abandonado hace tanto, tanto tiempo. Por un momento, volvió a tener quince años. Aunque la vida lo hubiera hecho invulnerable ya ante una mujer hermosa, se permitió volver a cautivarse por aquella belleza asentada a la que el tiempo tan sólo había hecho ganar en atractivo. La vio a lo lejos, y un amago de timidez olvidada en los primeros años de su juventud y el peso de la desdicha sobre sus espaldas le impidieron aproximarse a aquel ser recuerdo de otros tiempos más aciagos.

Aquella noche, al llegar a su casa, por encima de sus desgracias, no pudo evitar traer a la memoria todo lo que aquella mujer había significado para él, sin ella saberlo. Se sonrió al recordar cómo intentaba calcular el momento exacto en que ella entraría por la puerta del instituto, o iría por uno u otro pasillo, para poder cruzársela, saludarla tímidamente y sentir la felicidad de que, al menos durante un instante, el tiempo que duraba aquel saludo, había conseguido ocupar una parte de su mente. Algo es algo.

Por descontado, era hermosa. Pero ella era mucho más que eso. Era perfecta. Bondadosa, sonriente, dulce, tenía la voz más suave y cálida que hubiera escuchado nunca antes y que nunca llegaría a escuchar sobre la faz de la Tierra. Sí, su voz era como un abrazo. Uno de esos abrazos en los que podría uno refugiarse y vivir allí eternamente. Era perfecta, tan perfecta y tan inaccesible... Lo volvía loco.

Nunca se atrevió a confesarle nada. ¡Le tenía tanto miedo al rechazo! Ambos crecieron, y si bien aprendió a amar con locura a otras mujeres, cuando alguna vez volvió a saber de ella, años después de dejar el instituto, continuó sintiendo aquel aguijón punzante en el corazón que provocan los sueños imposibles.

Por eso, aquella noche, cuando sentía que ya lo había perdido todo en la vida, recordándola todavía como a la mujer perfecta, pensó que tal vez había llegado el momento de intentarlo, ahora que ya no le quedaba nada más por perder. Llamó a varios de sus antiguos amigos de la escuela y del instituto. “¿Cómo te está tratando la vida?”, le preguntaban, “Genial”, respondía él, y durante unas risotadas de conversación intrascendente lograba disimular su fracaso y su frustración. Después de varias llamadas, consiguió saber algo de ella. No, no estaba casada, ni tenía hijos, era abogado y vivía en un apartamento en las afueras.

Así pues, jugueteando durante un tiempo con su número de teléfono en la mano, pensando qué hacer y qué decir, recordar lo que había sido él mismo en algún momento de su vida, consiguió armarse de valor y marcar el número. “Sí, sí, el mismo, ¿me recuerdas?”, “¡Claro, cómo no! ¿Qué es de tu vida?”, “Bueno, soy directivo en un banco, vivo en un apartamento en el centro, y no me va mal, la verdad”, “¡Oh! ¡Cuánto me alegro! Pero... ¡qué sorpresa volver a saber de ti!”, “Sí, lo mismo pensé cuando te vi hace poco por la calle, me pareciste tú y hablando el otro día con un amigo de aquellos tiempos del instituto, bueno, con Carlos, que es amigo tuyo, recordando viejos tiempos, ya sabes, saliste tú en la conversación y me dije que tenía que decirte algo, siempre es agradable volver a saber de la gente”, “Sí, tienes razón... oye, cuando quieras, tomamos algo y nos ponemos al día”, “Sí, por qué no, una cena cuando nos vaya bien...”.

Y hoy era ese día. Lo sabía, sabía que era su gran oportunidad. Por lo que más fuera, tenía que aparentar ser un triunfador, quitarse la carga de las espaldas, lograr un porte de galán y poner en juego esa seducción cercana y distante, en su punto justo, que tan sólo se aprende con el tiempo y la experiencia. Ella era la mujer perfecta, guapa, inteligente y con buen corazón, y tenía que conseguirla. Pero no para una noche. Tenía que conseguirla para siempre.



Ella lleva dos horas delante del espejo. Tiene miedo de esa belleza que se le está marchitando. Ha descubierto una nueva arruga en los límites de su sonrisa y no puede evitar sentir celos por la nueva compañera de trabajo, tan joven y guapa, que atrae todas las miradas. Cada vez son menos los hombres con los que poder jugar a rechazarlos.

Mientras se perfila los ojos verdes por tercera vez con el fin de asegurarse el impacto que siempre han provocado, se siente cansada. Se coloca el colgante, que parece destinado a perderse en la voluptuosidad de su generoso escote y se percata de que ya nada hay de especial en repetir los mismos pasos. Excepto por ese incipiente horror que la perturba a perder por la huella del tiempo lo que hasta ahora había supuesto su aliciente más intenso, nunca pensó que el juego de la seducción pudiera suscitarle hastío. Antes de volver a deslizar el cepillo por su cabello rojizo, liso, suave, interminable, lo somete a un riguroso escrutinio para asegurarse de que aquellas gritonas canas que descubrió han quedado convenientemente ocultas, invisibles, olvidadas y silenciadas.

Parece que fue ayer, dice en voz alta mientras se rocía levemente con su más delicada fragancia, de rosas dulces y suspiros de jazmín. Pero han pasado ya veinte años desde que descubrió el valor de su belleza. Al principio no era más que un juego inocente, aquella tímida indecisión de dos adolescentes nerviosos que no aciertan a saber cuál será el siguiente paso. Ahora, pensó caminando hacia el espejo de cuerpo entero, ya nada quedaba por descubrir. Comprobó, como tantas otras veces, la atractiva sinuosidad de su cuerpo que aquel nuevo vestido verde insinuaba con sutileza y atrevimiento. Sí, estoy cansada de todo esto, se dijo.

Siempre había sido la más hermosa y desde que descubrió que la belleza podía ser un arma, se había aprovechado de su virtud dudosa y regalada cuanto había querido y sin excesivos escrúpulos. Sin embargo, mientras se calzaba las sandalias de tacón, con rabia pensó que, después de tantos años teniendo cuantos hombres había querido y de haber jugado con ellos cuanto había podido, después de todo eso, tan sólo se le estaba quedando la soledad.

Cuando recibió aquella llamada inesperada de un antiguo compañero al que recordaba no mal parecido, con una carrera brillante, adinerado y con un estatus tan alto como el que ella merecía, un rayo de luz se abrió sobre la amargura que hondeaba sobre su vida en los últimos tiempos. Ésta podía ser su oportunidad. Así que allí estaba, engalanándose una vez más y pensando en mostrar sus encantos más dulces, solo que por una vez no era para jugar. Esto podía ser para siempre. Sí, tenía que conseguirlo.

De forma puntual, llamaron a su timbre. Se miró una última vez en el espejo, se echó hacia atrás la melena, se adecuó la postura para marcar el busto, ensayó una cálida sonrisa y, contoneando las caderas sobre sus tacones de aguja, cruzó con decisión el pasillo.

Cuando abrió la puerta, vio ante sí a un hombre de amplia envergadura que en otro tiempo fue atlética, con incipientes signos de desgaste temporal en sus ojos y en sus despobladas sienes y se sorprendió de su porte de galán exitoso y donjuanesco fiel. A los pocos minutos de conversación intrascendente (“¿Qué restaurante prefieres?” “Conozco un sitio por aquí...”), todavía en la puerta, mientras se dejaba embriagar por su voz vibrante de barítono y lo embelesaba a él con su sonrisa cada vez más y más cálida, vislumbró con vertiginosa claridad un hecho irrevocable: iba a unir su vida a la de ese hombre. No lo sintió con aquella curiosa mezcla de alborozo y horror de quien se encuentra, de súbito, ante el más importante punto de inflexión en su vida, sino con la tranquila seguridad de quien ha escuchado la voz de su yo más profundo. No se mostró extrañada ante aquella revelación. Al fin y al cabo, siempre supo que se casaría con un triunfador.








domingo, 14 de febrero de 2010

Retrato médico: Toc, toc, estimado Dr. Y.

Estimado Dr. Y.,

Quizás esta forma de presentación no sea la habitual ni el método convencional para proceder, pero en ausencia de otros referentes por los que decantarme, me he decidido a escribirle esta carta ya que deseo conocer su opinión de reputado psiquiatra.

Verá, se trata de un amigo por el que temo la posibilidad de que padezca algún tipo de trastorno obsesivo compulsivo. Le ruego que disculpe mi atrevimiento, en primer lugar, por hablarle de las intimidades de un amigo sin su consentimiento, pero he considerado que la estrecha relación de amistad que nos une desde la niñez es licencia suficiente para llevar hasta este punto mi preocupación por él. En segundo lugar, también deseo pedirle disculpas por mi osadía al mencionar un posible diagnóstico, dado mi completo analfabetismo en la materia, pero los hechos hacen innegable la veracidad del mismo.

Su vida se rige por el orden más riguroso y siempre se ha...


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Apreciado Dr. Y.,

Creo que tengo un problema. Mi vida se rige por el orden más riguroso y siempre me he enorgullecido de acometer todos mis actos con la más meticulosa pulcritud. Sigo unos estrictos y metódicos horarios (considero que la disciplina es la base de todo posible avance a nivel tanto personal como profesional), e intento realizar toda tarea con absoluta perfección, repitiendo y llevando a cabo cuantas comprobaciones del proceso y del resultado sean necesarias.

Mi desarrollo a nivel profesional es brillante, pero mi fracaso en las relaciones personales y las ya reiteradas ocasiones en que he comprobado que mi comportamiento no se corresponde con el habitual de mis congéneres, me han conducido a una terrible sospecha. ¿Tendré acaso lo que ustedes, los psiquiatras, denominan un trastorno obsesivo compulsivo?

Verá, abandonar el escritorio, aunque sea para un breve descanso con mis compañeros, sin concluir la redacción de los informes se me antoja imposible por la angustia que me produce. Una vez finalizados, necesito repasarlos cuantas veces crea conveniente hasta alcanzar la perfecta combinación de estilo y contenido, sin importarme las horas que dedico a ello, muchas más que las que mis compañeros emplean en realizar las mismas tareas. Esto no me supondría ningún problema hasta que, hace ya algún tiempo, pude comprobar el profundo desasosiego que me causó verme forzado a entregar un informe en que no pude cuidar hasta el último detalle.

De repente, me produjo horror la idea de que algo realizado por mí no alcanzara el grado de perfección para los demás (por supuesto, para mí nunca es suficiente) y sentí cómo una indescriptible sensación de miedo, angustia y pánico se apoderaba de mí. Me costaba respirar y por más que lo intentaba, a pesar de aumentar la frecuencia de mi respiración no entraba aire suficiente en mis pulmones, al tiempo que un terrible dolor punzante, justo en mi corazón, me llevó a la asfixiante idea de que la muerte nos acecha en todo momento.

Para todos los demás son tan sólo unas simples hojas escritas que deben recoger lo esencial, sin otros aspectos meritorios que cumplir lo básico. Para mí, por contra, cada frase escrita debe ser un reflejo de esa perfección que siempre intento alcanzar y que debe ir unida a mi persona. Mi vida es búsqueda.

Me aterra cambiar, pero me vi reflejado al ojear una revista médica y...


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Distinguido Dr. Y.,

Sé que tengo un trastorno obsesivo compulsivo y solicito su ayuda. La necesidad de perfección me esclaviza hasta el punto de repetir una y otra vez los mismos trabajos y acciones hasta asegurarme de que todo es inmejorable. Necesito comprobar que he cerrado correctamente las puertas exactamente cinco veces, abriéndolas y cerrándolas de nuevo, y aún así, no han sido pocas las ocasiones que he vuelto a casa a la hora del almuerzo para asegurarme de que, en efecto, todo estaba en orden. Lo mismo me sucede con la ventana de mi dormitorio, que da a un balcón fácilmente accesible, o con el gas, que podría ocasionar un fatídico accidente en un edificio donde viven, al menos, veinte familias.

Sin embargo, me da miedo cambiar, no quiero perder calidad en mi trabajo si abandono el ansia de perfección que me caracteriza. ¿Cómo podría ser de otra forma y seguir siendo yo mismo?


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Apreciado Dr. Y.,

Me dirijo a usted ya que conozco su distinción como psiquiatra y espero que pueda ayudarme. Verá, soy tan perfeccionista que hasta que no he comprobado una y otra vez hasta la extenuación detalles para otros tan simples, pero para mí esenciales, como la puntuación y la corrección gramática de una frase, soy incapaz de sentir tranquilidad o abandonar, aunque sea para un descanso, el trabajo que me encuentro realizando.



Apreciado Dr. Y.,

Me dirijo a usted ya que conozco su distinción como psiquiatra y solicito su ayuda. Soy tan perfeccionista que hasta que no he comprobado, una y otra vez, hasta la extenuación, detalles para otros tan simples pero para mí esenciales como la puntuación y la corrección gramatical de una frase, soy incapaz de sentir tranquilidad o abandonar, aunque sea para un descanso, el trabajo que me encuentro realizando.


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Dr. Y.,

Le ruego su ayuda. Yo...


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Dr. Y.,

Ayuda.

(Edición/?)