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lunes, 22 de noviembre de 2010

Resoluciones

Una de las firmes resoluciones que tomé a la tierna edad de doce años fue la de no escribir nunca sobre el amor. En ocasiones varias, al abandonar la infancia, me sentí tentada de romper la singular promesa, pero siempre me resistí a caer en la tentación de aquellos versos de adolescente que, por aquel entonces, pretendían decir lo mismo: Mi vida sin ti no tiene sentido. Un mensaje tremebundo, cuyo significado parecía haberse desgastado por la repetición. Podía sentirlo al ver a niñas de quince años llorando su primer desamor desconsolado en la puerta del colegio, que volvían a llorar de nuevo, a las dos semanas, las mismas lágrimas por un amor distinto y, con tristeza, lo observaba degradado a la vulgaridad de la pasión que encuentra su vía de escape en la decoración incívica de una puerta de lavabo.

No obstante, el principal motivo de mi aversión hacia aquellos versos era la facilidad con la que se pronunciaban. No encontraba explicación alguna a aquella moldeable capacidad de sentir por algunas de mis congéneres que, en efecto, esta vez sí, ya no volverían a equivocarse, no existía lugar para la duda, aquél era el varón que aportaría sentido a su existencia, y pensar de nuevo lo mismo con el siguiente.

Crecí y, de alguna forma, como tantas otras almas, lo viví. Aquella indescriptible explosión de euforia que causa vislumbrar la pieza que falta en la propia vida, y la terrible desazón al perderla. Al observar, resulta fascinante desear escoger sentir el dolor ajeno tan sólo para acompañar a la persona amada y evitarle el suplicio añadido de la soledad.



Y tan triste todos aquellos casos en que la persona querida escoge evitar la compañía. Tan triste cuando un alma no tiene a nadie por quien sacrificar o regalar nada, y entrega a la soledad cuanto podría entregar a otra persona. Decía Vicente Aleixandre, “Amor mío, amor mío. Y la palabra suena en el vacío. Y se está solo”.




sábado, 27 de marzo de 2010

Los avances de la ciencia: dolor emocional

Recientemente, un colaborador en la sección de Inteligencia Emocional del blog de Eduardo Punset, Josep López, citaba la noticia según la cual un equipo de investigación estadounidense había demostrado la correlación existente entre las áreas del cerebro implicadas en el procesamiento del dolor emocional y las del dolor físico. “Gracias a nuevas tecnologías (…) un equipo de científicos confirma que el sufrimiento emocional puede doler físicamente. La razón se encuentra en la investigación cerebral que han realizado y que revela que la parte del cerebro que procesa el dolor físico también se encarga de procesar el dolor emocional”.

Tras la curiosa noticia, se podría afirmar que gracias a estos estudios disponemos, por fin, de la base científica para poder acudir a urgencias y expresar nuestro sufrimiento emocional, sin temor a sufrir por ello el menoscabo de las miradas despreciativas hacia los dolores menores.

- Doctor, se me ha roto el corazón.
- ¿Se le ha roto el corazón? ¿Y cómo es eso?
- Verá, doctor, antes me lo rompían o era yo mismo quien, harto de sus latidos acompasados y de sus sentimientos apasionados decidía acabar con él y resquebrajarlo en mil añicos. Con el tiempo, parecía recomponerse. Pero esta vez, doctor, esta vez ha sido diferente. Desconozco el cómo, y no comprendo el porqué, ni tan siquiera me he percatado del cuándo, pero se me ha roto. Lo siento ahí, dentro de mí, roto y descompuesto.
- Comprendo- asentirá el médico mientras comienza a anotar en la historia clínica algo parecido a “varón de 38 años que acude a urgencias por el corazón roto”-. Pero, ¿qué siente exactamente? ¿Presenta los mismos síntomas que en las ocasiones anteriores? ¿le duele?
- No, doctor. Esta vez es diferente. No siento dolor, al menos, no aquel dolor punzante que me impedía respirar. Es el dolor que queda cuando te arrancan algo. Es... ¿cómo explicárselo?
- Tranquilo, no hay prisa. Dígame, ¿qué siente?
- El vacío, doctor.
- ¿El vacío? Pero su corazón sigue estando ahí, más o menos roto, pero ocupando el espacio que le corresponde.
- ¿Usted cree? ¿Y si esta vez se han extraviado algunos fragmentos? ¿Y sin son piezas irrecuperables? ¿Y si mi corazón nunca vuelve a ser el que era? Este vacío es inmenso, sé que me falta algo.
- Entiendo.

Entonces, el médico nos inspeccionará, palpará, percutirá y auscultará pacientemente. No encontrará nada fuera de la normalidad, pero el historial de corazón magullado por causas vagas e imprecisas, con sintomatología de dolor y vacío le hará sospechar de alguna patología oculta y tal vez se decida por una analítica, un electrocardiograma, una placa de tórax y, quién sabe, quizás un ecocardiograma.

- Todo se encuentra dentro de la normalidad, regrese dentro de quince días para recoger los resultados de la analítica.
- Pero... ¿cómo va a estar todo normal? ¿y el vacío? ¿no ha notado algo hueco al explorar?
- Su corazón está ahí, no se preocupe – nos dirá con voz tranquilizadora mientras garabatea unos trazos ininteligibles en una receta-. Vaya a la farmacia y compre estos dos medicamentos. El primero es analgésico, para el dolor, tómelo a demanda, el tiempo que necesite, no más de tres comprimidos al día.. Del segundo tome un comprimido por la mañana y otro por la noche, durante diez días. Ayuda a juntar las piezas, a cerrar las heridas y hace crecer los fragmentos que se han perdido. También regenera las partes deterioradas con el tiempo.
- Vaya, y yo que pensaba que era el tiempo el que todo lo curaba.
- Y así es, pero no siempre. Tenga la receta, con un envase tendrá más que suficiente.
- ¿Es efectivo, doctor?
- El éxito en la curación está descrito en un 95% de los casos.
- ¿Y si yo formo parte del 5% restante?
- Vuelva, le daré más.

Y saldremos de allí con la cabeza un poco más alta que cuando entramos, gracias a la renovada esperanza. En tan sólo diez días se habrá llenado de nuevo ese vacío, en tan sólo diez días, con un comprimido por la mañana y otro por la noche, volveremos a ser los de antes. Sanos e imperfectos, pero con un corazón regenerado.

Se debería estudiar el efecto placebo en el dolor emocional.



“A veces pienso que el cerebro tiene envidia del corazón. Y lo maltrata y lo ridiculiza y le niega lo que anhela y lo trata como si fuera un pie o el hígado. Y en ese enfrentamiento, en esa batalla, siempre pierde el dueño de ambos”. David Trueba.


domingo, 14 de febrero de 2010

Sueños Rotos




Es increíblemente fácil hablar de los sueños rotos. Son abundantes, se encuentran por doquier, y de carácter sumamente variado. Es casi imposible intentar resumir sus motivos en unas pocas líneas. Sin embargo, hay un elemento crucial, inalienable, que los caracteriza: el dolor.

Los Genuinos Sueños Rotos se diferencian de Las Pequeñas Ilusiones Truncadas precisamente en la intensidad y duración de ese dolor. De hecho, Las Pequeñas Ilusiones Truncadas no duelen, molestan. Frases tan simples y castizas como “es lo que hay”, “qué le vamos a hacer” o “no todo puede salir bien”, son suficientes para consolar a quien sufre de alguna de ellas. Además, suelen acompañarse de un curioso fenómeno compensatorio: Pequeña Ilusión Truncada siempre va seguida de Pequeña Ilusión Realizada. O dicho de otra forma, la felicidad simple y menuda llega a pequeñas dosis.

Sin embargo, Los Genuinos Sueños Rotos son inconsolables. Y duelen. El dolor no debería ir acompañado de adjetivos que intenten mostrar su crudeza. La palabra dolor, por sí misma, debería ser el reflejo de todo lo que por añadidos se intenta perfilar, ya que para quien lo sufre, pretender describirlo como visceral, tremebundo, lancinante, desgarrador, insoportable, hiriente, inhumano, siempre es poco. Casi una falta de consideración.

Por añadidura, Los Genuinos Sueños Rotos, en contadísimas ocasiones, y no diré nunca porque una base de formación científica ha logrado limitar mi uso de esa significativa palabra de nuestro vocabulario, se acompañan de Grandes Sueños Cumplidos. No existe ni la equidad, ni las compensaciones. El dolor se convierte, entonces, en un modus vivendi.

Siendo casi una niña, leí una interesante anécdota (siento no recordar ni la fuente ni el autor) acerca de una joven soprano. Sus padres, que observaban cómo comenzaba a despuntar en el mundo de la lírica gracias a sus excelentes cualidades vocales, le preguntaron a su maestro si llegaría a lo más alto: “Seré sincero”, les respondió él, “No, nunca lo logrará, está destinada a la mediocridad", "¿Pero por qué?", preguntaron sus perplejos padres, "Porque su técnica y ejecución son excelentes, pero no ha sufrido lo suficiente como para poder plasmar el dolor en su obra y que dé fruto”.

Cuando alguien sufre solemos escuchar de quienes le rodean una retahíla de explicaciones a su dolor. “Ahora eres más sabio”, “cuando superes esto serás más fuerte, podrás enfrentarte a adversidades mayores y superarlas”, “piensa cuánto te ha permitido aprender esta experiencia”, “tranquilo, ahora que ya lo sabes esto no se volverá a repetir”, y el resignado y siempre misterioso, mi favorito, “todo sucede por una razón”, acompañado de “con el tiempo lo entenderás”.

Todo lo dicho es cierto, qué duda cabe. Y por supuesto, toda posible explicación apacigua a un ser desesperado. Es llamativa la forma en la que creemos cuanto consuelo nos digan en esos momentos. Todo cuanto antes, durante tanto tiempo se nos antojó fantástico y maravilloso, en apenas unos minutos, cuatro palabras bien intencionadas de un amigo nos conducen a pensar que, en realidad, no merecía tanto la pena. Y cómo deseamos creerlo.

Sin embargo, existe una duda que aún no he conseguido resolver. ¿Es realmente necesario sufrir? ¿Tan necesario como nos parece cuando nos aferramos a estos pensamientos? ¿O son tan sólo frases y anécdotas que la Humanidad ha interiorizado para intentar mitigar El Dolor?

Sea como fuere, y porque pensar lo contrario conduciría a un camino del que prefiero no conocer el final, he decidido aceptarlo. Acepto que El Dolor me hará un poco más sabia y un poco más fuerte (aunque decir algo menos ignorante y algo menos débil sería más justo), que quizás sea ésta la manera en la que, el día de mañana, podré superar algo distinto y peor, que lo que se aprende con fuego, a fuego queda grabado, por lo que (en principio), seré capaz de que no vuelva a repetirse y que, por supuesto, algún día –quién sabe cuándo, esperar forma parte del proceso de aprendizaje-, comprenderé La Razón.

Así pues, con sinceridad, doy las gracias a los Genuinos Sueños Rotos por cuanto me han aportado.

Maldita sea.