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miércoles, 1 de septiembre de 2010

Donde empieza la felicidad.

Siempre me he preguntado qué había más allá de la felicidad. La felicidad se intuye como un sueño, una meta, el final de un largo, azaroso, y, en la mayoría de los casos, casi por definición, desventurado recorrido por los resquicios de este camino al que denominamos vida.

Así pues, una vez alcanzada la felicidad, ¿qué queda? ¿Ante qué nos encontramos? ¿Quizás una planicie emocional? ¿El letargo anímico en un continuo sentimiento de autorrealización y autocomplacencia? ¿Un devenir constante de risas y ruidoso jolgorio? ¿O la paz interior? Y, lo más importante, ¿se detiene el mundo de cada uno una vez alcanzada la felicidad? No, en absoluto.

Una vez alcanzada ésta, son otras muchas las metas que luchar por conseguir. Al fin y al cabo, cuando uno se introduce en la vorágine adictiva de la felicidad, tan sólo descubre que al dar un paso, y después otro, y otro, y otro más, la felicidad va in crescendo.

Me pregunto, ahora, si tiene límites.




“La felicidad es interior, no exterior; por lo tanto, no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos.”
Henry Van Dyke.

“La dicha de la vida consiste en tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar y alguna cosa que esperar.”
Thomas Chalmers.

jueves, 18 de marzo de 2010

Troncalidad



Ahora que la troncalidad del MIR parece un hecho irrevocable y que en unos pocos días, miles de estudiantes de Medicina hemos presenciado estupefactos cómo se modificaban nuestros esquemas vitales fortalecidos a base de interiorización durante cinco largos años de carrera (largos, muy largos, pero no tanto), resulta divertido pensar en el más banal de todos ellos, la respuesta a esta simple pregunta:

- ¿Y cuándo dices que acabas la carrera?

Hasta hace tres días, la conversación hubiera seguido de la siguiente forma:

- ¡Me queda un año y tres meses!
- Ah, bueno, ¡aún te queda!
- ¡No! ¡Pero si eso ya es nada!
- Sí, tienes razón. Después de cinco años... un año ya no es nada. ¿Y después?
- ¿Después? Estudiar 6 meses para el MIR, escoger plaza y comenzar a trabajar como residente de una especialidad durante 4 ó 5 años.
- Buf...
- ¡No, no! ¡Si en realidad ya acabo! – exclamas preso de una extraña mezcla de euforia y pavor-. Después ya es un trabajo como otro cualquiera.

Ahora, ya no serán necesarios 3 minutos de explicaciones, podremos resumirlo de esta manera:

- ¿Y cuándo dices que acabas la carrera?
- No, no... no he mencionado nada sobre terminar...
- Ya, pero, ¿cuándo la acabas?

Entonces, con el semblante desolado y la mirada perdida en el infinito, mirando a través de nuestro interlocutor allá hacia donde se escapa nuestra juventud, tras un largo silencio por un duelo intransferible, responderemos:

- Nunca.

Es esencial encontrarle el humor a esta pantomima melodramática. O todos comenzaremos a rememorar aquellos otros sueños que abandonamos al escoger este camino, y los preferiremos antes que éste.

Una compañera nos expresaba, hace muy poco, en una de tantas crisis existenciales por las que todos pasamos, lo muy feliz que hubiera sido trabajando en una floristería y embelesándose con el olor y colorido de las flores. Hubiera hecho felices a las personas creando hermosos centros de mesa y recomendándoles la combinación perfecta para el ramo de flores de una declaración de amor. “¡No, aguanta!”, nos sobresaltamos todos al unísono, “piensa que ya has hecho cinco años... por uno más que te queda, no vas a rendirte ahora”.

No obstante, lo cierto es que cuanto más escuchamos su sueño de La Floristería Feliz, más y más sueños olvidados comienzan a resurgir de ese rincón de nuestras almas al que enviamos todo lo que alguna vez quisimos olvidar por algo que creímos mejor. Al fin y al cabo, a los cinco años de edad, en la cima de la felicidad sin saberlo, ¿quién sueña con salvar vidas?

Una soñaba con ser cartera, otra panadera, yo misma siempre he soñado con.... En fin, lo cierto es que estamos descubriendo que no hace falta sufrir tanto para intentar hacer feliz o ayudar a alguien. La Panadera nos está enganchando con su ideal del Horno de las Maravillas. Y más aún, con su sueño dulce (y sus palabras desesperadas) acerca de una vida sencilla y feliz.

Un momento. El sonido casi melodioso de la frase me obliga a repetirlo para volverme a deleitar en él: el sueño dulce de una vida sencilla y feliz.

Sin embargo, (“¡Oh, sin embargo!”), deberíamos volver a la respuesta que le dábamos a nuestra amiga mientras nos hablaba de su floristería imaginaria. “Piensa en todo lo que ya has recorrido, no vas a rendirte ahora”. Pues eso, por unos años más añadidos que nos han regalado (y algo más, pero de nada sirve lamentarse), seguiremos adaptándonos. Como siempre, como tantas otras veces. No debemos olvidarlo: adaptarse –cuando ya nada queda por hacer- forma parte del proceso vital.

martes, 16 de febrero de 2010

Y entonces, ¿ahora qué?



Es curioso, por la frecuencia en la que pienso en aquello que deseé a los 12 años en el momento de hacer una elección, siento que fue entonces realmente cuando tomé las grandes decisiones de mi vida. Sobre qué clase de persona quería ser, cuáles iban a ser los principios en los que basaría mi existencia y qué quería ver al llegar al final de mi vida y mirar atrás.

No debería haber pensado tanto. Quizás ahora no me resultaría tan complicado rebelarme contra las elecciones que un día decidí que tomaría a medida que se fueran presentando. Porque ha llegado otro de esos momentos importantes, y si bien hasta ahora he actuado guiándome por las bases que un día establecí, he decidido aceptar la realidad: la felicidad se puede encontrar de muchas formas.

Así pues, ahora que se han removido los pilares de mi existencia, que he cuestionado lo que siempre he deseado y lo que en estos momentos deseo, que podría cambiar demasiadas de esas cosas con las que hasta hace tan poco he soñado, porque me he cerciorado de que la felicidad no está en un lugar específico, ni en un trabajo en concreto, ni tiene una forma determinada, sino que puedo transportarla conmigo haga lo haga y esté donde esté, siento vértigo.

Sí, me he percatado de que podría cambiarlo todo. Y entonces, ¿ahora qué?